sábado, 7 de mayo de 2011

RIA TÁ, RIA TÁ, PI TÁ

Viendo los pitufos de pié en el inmenso sofá de flores, aquella pequeña niña rubia de piel blanca y sonrisa perpetua en su alegre cara, escuchó al fondo el ring del timbre de la puerta. Era la hora de todos los días, la hora esperada… le gustaba salir corriendo, abrir y sin darle un beso, rebuscar en sus bolsillos y robarle los caramelos que a sabiendas él escondía a propósito para dejarse asaltar y decirle con ternura “ladronzuela de mi corazón”.

Aquella tarde al ir saltando por el largo pasillo que daba a la entrada, la pequeña bruja piruja, no podía imaginar que no encontraría caramelos… que sería algo tan especial que le marcaría para toda su vida.
Abrió la puerta y allí estaba… inspeccionó uno por uno todos los bolsillos de la gris chaqueta y todos los de sus habituales pantalones azules de fábrica. Y nada. Él soltó una carcajada y le dijo: “brujita hoy te traigo algo mucho mejor que un pictolín, es algo que estoy completamente seguro tal y como te conozco de que te encantará… pero tienes que prometerme que aprenderás a tocarlos  y que me deleitarás con tu cara, tu alegría y su sonido”. Ella cogió la bolsa y sacó una funda en la que se guardaban unos palillos con cuerdas rojas… hechos en Sevilla, a mano y especialmente para ella, para sus manos.
Los miró y alzando su diminuta cabeza dorada respondiendo”te prometo que aprenderé y verás como bailo y toco con ellos para que te sientas orgulloso de mí”.

A los dos días había un enorme revuelo en el bloque, algo pasaba, la dejaron toda la noche en casa de los vecinos del segundo, escuchando en el magnetofón al dúo dinámico e imaginando que era lo que estaba sucediendo.
Por la mañana su madre la despertó para vestirla y llevarla al cole… “mamá ¿y Pepe?”… su madre afligida sabiendo el dolor que causaría a la pequeña mimada de la casa le acarició sus brazos y con voz casi muda le contestó: “ayer cuando volvió de la fábrica para ducharse falleció de momento”. Fue un terrible dolor que aún hoy esa rubita de ojos vivos no olvida, el primer bujero en su corazoncito… lloró abrazada a su madre durante un tiempo infinito.

Más calmada y con tan solo cinco años recién cumplidos la pequeña niña se prometió a sí misma que aprendería a tocar los palillos y que cada primavera le dedicaría a él la mejor sevillana tocada para que desde el cielo la contemplara y viera como su pequeña brujita rubita hacía sonar los palillos que con tanto amor había fabricado especialmente para ella.

Ria tá, Ria tá, Pi tá
Palillos al compás, suenan sin parar.
Con rojas cuerdas en mis pulgares,
Aprendí a tocar embrujados bailes.

Ria tá, Ria tá, Pi tá
Palillos al compás, suenan sin parar.
Por cada primera sevillana que bailo y toco
resuenan entre farolillos, palmas, toldos  y compases,
por siempre para que desde el cielo te deleitases.

Ria tá, Ria tá, Pi tá
Palillos al compás, suenan sin parar.
Guiaste mis infantiles sentidos
a estremecerse  con sus sonidos,
orgullosa con salero, alegría y color
desde el primer instante en que me regalaste
los palillos con tanto amor.

Ria tá, Ria tá, Pi tá
Palillos al compás, suenan sin parar.
Promesa de por vida,
seguiré cumpliendo con ella,
desde mi infancia ya perdida…
tus palillos al compás todavía suenan sin parar.

1 comentario:

Corazón verde dijo...

Es un texto precioioso y lleno de sensibilidad.Un saludo.